Mucho antes de que Odyssey sacara a la luz
el tesoro de La Mercedes, que voló por los aires tras un certero
cañonazo sobre su santabárbara lanzado por un barco inglés frente a las costas
del Algarve el 5 de octubre de 1804, el novelista Benito
Pérez Galdós (1843-1920) recreó el suceso en la novela Trafalgar. Los detalles citados por el
escritor se ajustan a lo recogido en los documentos históricos conservados en
los archivos de la Armada española, lo que resalta el gran rigor histórico con
que Pérez Galdós abordó su creación literaria. Una lección para algunos autores de
novela histórica que pretenden apuntalar sus ficciones sobre hechos reales que
han investigado superficialmente.
En este fragmento de Trafalgar,
que se publica en 1873, se relata la explosión de la fragata de guerra Nuestra
Señora de las Mercedes y el apresamiento de los tres barcos que componían
la escuadra española, que viajaban de América a Cádiz. Eran tiempos de paz
(formal) con Inglaterra, pero en realidad fue el preludio de la gran batalla de
Trafalgar, que estaba a la vuelta de la esquina y a la que Pérez Galdós dedica
la obra. La novela fue la primera entrega de los Episodios Nacionales.
“-¿Pues y
la captura de las cuatro fragatas que venían del Río de la Plata? -dijo D.
Alonso animando a Marcial para que continuara sus narraciones.

-También en esa me encontré -contestó el marino-,
y allí me dejaron sin pierna. También entonces nos cogieron desprevenidos, y
como estábamos en tiempo de paz, navegábamos muy tranquilos, contando ya las
horas que nos faltaban para llegar, cuando de pronto... Le diré a usted cómo
fue, señora Doña Francisca, para que vea las mañas de esa gente. Después de lo
del Estrecho, me embarqué en la
Fama para Montevideo, y ya hacía mucho
tiempo que estábamos allí, cuando el jefe de la escuadra recibió orden de traer
a España los caudales de Lima y Buenos Aires. El viaje fue muy bueno, y no
tuvimos más percance que unas calenturillas, que no mataron ni tanto así de hombre...
Traíamos mucho dinero del Rey y de particulares, y también lo que llamamos la
caja
de soldadas, que son los ahorrillos de la tropa que sirve en las Américas.
Por junto, si no me engaño, eran cosa de cinco millones de pesos, como quien no
dice nada, y además traíamos pieles de lobo, lana de vicuña, cascarilla, barras
de estaño y cobre y maderas finas... Pues, señor, después de cincuenta días de
navegación, el 5 de Octubre, vimos tierra, y ya contábamos entrar en Cádiz al
día siguiente, cuando cátate que hacia el Nordeste se nos presentan cuatro
señoras fragatas.
Anque era tiempo de paz, y nuestro capitán, D.
Miguel de Zapiaín, parecía no tener maldito recelo, yo, que soy perro viejo en
la mar, llamé a Débora y le dije que el tiempo me olía a pólvora... Bueno:
cuando las fragatas inglesas estuvieron cerca, el general mandó hacer
zafarrancho; la
Fama iba delante, y al poco rato nos encontramos a
tiro de pistola de una de las inglesas por barlovento.
Entonces el capitán inglés nos habló con su
bocina y nos dijo... ¡pues mire usted que me gustó la franqueza!... nos dijo
que nos pusiéramos en facha porque nos iba a atacar. Hizo mil preguntas; pero
le dijimos que no nos daba la gana de contestar. A todo esto, las otras tres
fragatas enemigas se habían acercado a las nuestras, de tal manera que cada una
de las inglesas tenía otra española por el costado de sotavento.
-Su posición no podía ser mejor -apuntó mi amo.
-Eso digo yo -continuó Marcial-. El jefe de
nuestra escuadra, D. José Bustamante, anduvo poco listo, que si hubiera sido
yo... Pues, señor, el comodón (quería decir el comodoro) inglés envió
a bordo de la Medea un oficialillo de estos de cola de abadejo, el
cual, sin andarse en chiquitas, dijo que anque no estaba declarada la
guerra, el comodón tenía orden de apresarnos. Esto sí que se llama ser
inglés. El combate empezó al poco rato; nuestra fragata recibió la primera
andanada por babor; se le contestó al saludo, y cañonazo va, cañonazo viene...
lo cierto del caso es que no metimos en un puño a aquellos herejes por mor
de que el demonio fue y pegó fuego a la Santa Bárbara de la Mercedes,
que se voló en un suspiro, ¡y todos con este suceso, nos afligimos tanto,
sintiéndonos tan apocados...!, no por falta de valor, sino por aquello que
dicen... en la moral... pues... denque el mismo momento nos vimos
perdidos. Nuestra fragata tenía las velas con más agujeros que capa vieja, los
cabos rotos, cinco pies de agua en bodega, el palo de mesana tendido, tres
balazos a flor de agua y bastantes muertos y heridos. A pesar de esto,
seguíamos la cuchipanda con el inglés; pero cuando vimos que la Medea
y la Clara, no pudiendo resistir la chamusquina, arriaban bandera,
forzamos de vela y nos retiramos defendiéndonos como podíamos. La maldita
fragata inglesa nos daba caza, y como era más velera que la nuestra, no pudimos
zafarnos y tuvimos también que arriar el trapo a las tres de la tarde, cuando
ya nos habían matado mucha gente, y yo estaba medio muerto sobre el sollao
porque a una bala le dio la gana de quitarme la pierna. Aquellos condenados nos
llevaron a Inglaterra, no como presos, sino como detenidos; pero carta va,
carta viene entre Londres y Madrid, lo cierto es que se quedaron con el dinero,
y me parece que cuando a mí me nazca otra pierna, entonces el Rey de España les
verá la punta del pelo a los cinco millones de pesos”.
Durante dos horas y cuarto, Pedro Afán de Ribera
permaneció en el agua sobrecogido, aferrado a un trozo de la proa con el único
brazo posible, el izquierdo, tras haber perdido el derecho en la explosión de
la fragata Nuestra Señora de las Mercedes. El navío acababa de irse a
pique con un tesoro de vidas (se salvaron apenas medio centenar de sus casi 300
tripulantes y pasajeros) y haciendas, incluido medio millón de monedas de oro y
plata que dos siglos después extraería del fondo del mar una empresa de
cazatesoros llamada Odyssey.
Pedro Afán de Ribera ignoraba aún que era el único
oficial que había sobrevivido a la voladura de la fragata. Pero en esas horas
aciagas del 5 de octubre de 1804, mientras continuaba el combate entre cuatro
embarcaciones inglesas y la disminuida escuadra española frente al cabo de
Santa María, a la altura de la costa del Algarve, cuando ya avistaban la sierra
portuguesa de Monchique, el teniente de navío Pedro Afán de Ribera solo debió
pensar que su vida se había acabado.
El ataque inglés le sorprendió en el castillo de la
cubierta pasadas las 9.30. Un solo cañonazo. Certero. En la diana: el corazón
de la santabárbara, el lugar donde se depositaba la pólvora del barco. La
Mercedes voló por los aires sin que sus 34 cañones hubieran siquiera
abierto fuego.
Asiendo un trozo de la proa, se
sostuvo sobre él como dos horas y cuarto, hasta que lo recogieron"
La cruda crónica de lo ocurrido fue firmada por el
propio Pedro Afán de Ribera en una carta al rey Carlos IV, mediante la que
solicitó un ascenso que le permitiese pasar sus últimos años con cierta
dignidad tras el desastre que le había arruinado, física y económicamente. El
documento, junto a los usados en este artículo, se conserva en el Archivo
General de la Marina Álvaro de Bazán y es una de esas joyas testimoniales que
ha salido a flote gracias al pleito entre España y Odyssey por la propiedad de La
Mercedes.
El mismo comodore tiró un
cañonazo con bala que pasó entre la 'Clara' y 'La Mercedes"
Como en todas las tragedias, el azar había repartido
cartas marcadas. Afán de Ribera, embarcado hasta entonces en otra fragata,
recibió la orden de transbordar a La Mercedes para la travesía que zarpó
de Perú con “caudales” de la Hacienda real y particulares. Godoy había
recomendado fletar una flota de guerra al ministro de Marina, Domingo de
Grandallana, en septiembre de 1802 dada la inseguridad en la navegación, con
Inglaterra al acecho. Un sabio consejo, que resultaría insuficiente: los
ingleses apresaron las fragatas Fama, Clara y Medea y
volaron La Mercedes.
“Solo tuvo la fortuna de salvarse milagrosamente el
suplicante de la primera”, escribe el oficial Afán de Ribera, que relata su
tragedia en tercera persona, “y como 48 hombres de la segunda, habiendo estado
debajo del agua con parte de la artillería del castillo (cuyo puesto cubría) y
otros fragmentos sobre sí (...) y después asiendo un trozo de la proa, se
sostuvo sobre él como dos horas y cuarto, hasta que finalizado el combate, lo
recogieron, habiendo padecido extraordinariamente, de cuyas resultas ha quedado
cojo con parte del pie izquierdo menos, manco del brazo derecho por la
clavícula, con un afecto al pecho continuado, y en general toda su máquina
trastornada”.
El teniente suplica al monarca un ascenso a capitán de
fragata para elevar su “retiro” y compensar la pérdida de sus ahorros (“se
halla en una indigencia tal que le han cubierto las carnes sus compañeros de
limosna”, se conduele) y un traslado a Montevideo por beneficiarle para sus
achaques. Carlos IV accede a ambas peticiones el 23 de junio de 1805.
No fue el único testimonio de la batalla. Miguel de
Zapiaín, a bordo de la Fama, aportó una minuciosa reconstrucción. A las
6.30 los españoles habían divisado cuatro navíos ingleses y habían mantenido el
rumbo “con una confianza que daba conocer la ninguna sospecha que tenía nuestro
general de un rompimiento de guerra con la Inglaterra”. Pero a las 7.30 se toca
a zafarrancho. Las fragatas inglesas se sitúan estratégicamente, a barlovento
de las españolas, a una “distancia de algo menos de medio tiro de cañón” (unos
50 metros). “El comodore inglés envió un oficial a bordo de la Medea,
cinco minutos después tiró el mismo comodore un cañonazo con bala que
pasó entre la Clara y La Mercedes, a los 15 minutos tiró otro
cañonazo sin bala llamando según comprendimos a su bote”.
En ese
tiempo, prosigue el relato, La Mercedes se había “sotaventeado
bastante”, lo que hizo sospechar a los ingleses que pretendía huir. Poco
después de las 9.30, tras el regreso del bote inglés a su fragata, los ingleses
abrieron fuego. “La primera descarga nos hizo mucho daño (...) sin embargo ya
habíamos contado con la primera descarga cuando de repente oímos una fuerte
explosión. Creímos un instante que había sido la Medea, pero poco
después conocimos que había sido La Mercedes”. No tardaron en arriarse
las banderas españolas en dos fragatas. La tercera, Fama, trató de
defenderse y huir a pesar de los daños y las bajas. “Seguimos el fuego
esperando zafarnos de un enemigo bien superior a nosotros y de quien nos
hubiéramos burlado si después de la rendición de nuestros buques no se hubiese
destacado otra fragata inglesa que nos alcanzó a la hora y media”. Fama
aún combatió hasta pasado el mediodía, cuando arrió la bandera y pudo contar
sus bajas: 11 muertos, 40 heridos, cinco pies de agua en la bodega y timón y
piezas auxiliares rotas. Un amargo anticipo de lo que aguardaba un año después:
Trafalgar.
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